Publicado el 28-04-2022
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Achibueno, reencuentro bajo las estrellas
Nuestro objetivo era claro: emprender una ruta extensa y hermosa, un proyecto ambicioso que nos ilusionaba. Sin embargo, la montaña —y la vida misma— nos recordó la importancia de los ritmos humanos. Acortamos el plan, privilegiando el descanso, las energías del grupo y la posibilidad de vivir la experiencia con calma, sin que todo fuese un conocer a la rápida.
Al final, lo esencial no fue la ruta completa, sino el reencuentro: cuatro personas que, después de años, volvían a compartir camino, recordando los tiempos lejanos del colegio San Rafael (Hugo, Alfredo, PepeLalo y Eduardo). Hubo buena organización, carcajadas sin fin, desayunos dignos de hobbits, noches bajo un cielo interminable y dos días de termas escondidas, donde las conversaciones fluyeron sin celulares ni mensajes de WhatsApp, en un tiempo distinto, más verdadero.
La Tiesa —como llaman los arrieros a esa empinada ruta— nos regaló una lección de humildad, recordándonos que el cerro siempre estará allí, esperando. Ojalá volver algún día, recorrer las lagunas Cuellar, el nacimiento del Achibueno o contemplar de frente al imponente Nevado de Longaví. Estos rincones del Maule no tienen nada que envidiarle a la Patagonia: guardan secretos que, con la compañía adecuada, se convierten en experiencias memorables. Incluso hubo lugar para un piquero helado en el Achibueno, un mayo que se llevó el aire de valentía y locura.
Fueron once horas de ascenso, dos días de relajo en los Baños La Gloria y seis horas de regreso. Me llevé seis ampollas, un detalle menor para lo que significó este viaje. Porque lo que queda no son las fotos ni las cifras: es la certeza de que la montaña es siempre excusa y escenario para lo más importante, reencontrarnos con quienes somos y con quienes caminamos.
Fecha de excursión: 3/05/2025
Punto alcanzado:
Achibueno, reencuentro bajo las estrellas Nuestro objetivo era claro: emprender una ruta extensa y hermosa, un proyecto ambicioso que nos ilusionaba. Sin embargo, la montaña —y la vida misma— nos recordó la importancia de los ritmos humanos. Acortamos el plan, privilegiando el descanso, las energías del grupo y la posibilidad de vivir la experiencia con calma, sin que todo fuese un conocer a la rápida. Al final, lo esencial no fue la ruta completa, sino el reencuentro: cuatro personas que, después de años, volvían a compartir camino, recordando los tiempos lejanos del colegio San Rafael (Hugo, Alfredo, PepeLalo y Eduardo). Hubo buena organización, carcajadas sin fin, desayunos dignos de hobbits, noches bajo un cielo interminable y dos días de termas escondidas, donde las conversaciones fluyeron sin celulares ni mensajes de WhatsApp, en un tiempo distinto, más verdadero. La Tiesa —como llaman los arrieros a esa empinada ruta— nos regaló una lección de humildad, recordándonos que el cerro siempre estará allí, esperando. Ojalá volver algún día, recorrer las lagunas Cuellar, el nacimiento del Achibueno o contemplar de frente al imponente Nevado de Longaví. Estos rincones del Maule no tienen nada que envidiarle a la Patagonia: guardan secretos que, con la compañía adecuada, se convierten en experiencias memorables. Incluso hubo lugar para un piquero helado en el Achibueno, un mayo que se llevó el aire de valentía y locura. Fueron once horas de ascenso, dos días de relajo en los Baños La Gloria y seis horas de regreso. Me llevé seis ampollas, un detalle menor para lo que significó este viaje. Porque lo que queda no son las fotos ni las cifras: es la certeza de que la montaña es siempre excusa y escenario para lo más importante, reencontrarnos con quienes somos y con quienes caminamos.
Muy bonita ruta que recorre un bosque nativo muy variado. Al principio nos encontramos con mucha gente, pero más adelante había menos caminantes. Lo más difícil de la ruta fue encontrar el desvío que baja a las termas.