Philippe Boisier es arquitecto, productor audiovisual e instructor de esquí. En este artículo, el autor nos invita a conmemorar los 100 años del esquí recreativo en Chile, visitando los hitos que dieron impulso al deporte blanco durante sus primeros días. De contrabando, nos cuenta lo que se viene para este invierno en el programa Esquí de Montaña 2026, de Chile Improbable.
Antes de convertirse en historia, toda cultura comienza como relato. Los pueblos construyen su identidad mezclando historias orales, recuerdos, mitos y leyendas: distintas formas de explicar el mundo, de dar sentido al territorio y de transmitir aquello que una comunidad considera digno de permanecer.
En Chile, la imaginación popular ha coloreado la geografía según sus paisajes —desiertos, mares, bosques, volcanes y cordilleras—, haciendo de cada región un depósito de relatos donde se cruzan memoria, experiencia y naturaleza; ocurre lo mismo con la montaña. Aseverar que en 2026 se cumplen 100 años de la práctica del esquí recreativo en Chile es, entonces, fijar un límite entre el imaginario colectivo y la evidencia. Pero más que restarle importancia al mito, invita a otorgar reconocimiento a quienes, desde sus iniciativas absolutamente intuitivas, sentaron las bases de la exploración y el disfrute de la cordillera invernal en Chile hasta nuestros días.

La historiografía nos deja una icónica imagen de tres próceres de la montaña, los alemanes Sebastián Krückel, Albrecht Maass y Hermann Sattler, a su regreso del 1.er ascenso al cerro Marmolejo en 1928.
Krückel cuenta en una entrevista de 1970 cómo, en 1926, vuelve a Chile de un viaje a Cuba (!) con un par de fijaciones de esquí para luego construir él mismo sus primeras tablas. Pocos meses antes, llegaría a Chile el destacado explorador, fotógrafo y esquiador Albrecht Maass, quien además fue autor de las entrañables imágenes de montaña de esos años. Sattler, por su parte, fue por lejos el promotor fundamental no solo de la creación del DAV Santiago (1924) y del refugio Lo Valdés (1932) —gestionado principalmente para la práctica del esquí—, sino también el principal divulgador de esta práctica fuera de la comunidad alemana, mediante la creación del Club Andino —y de su revista Andina—, de los refugios de Lagunillas y de las primeras competencias de esquí.


Durante esos primeros años, el foco estuvo en descubrir las laderas de la cordillera cerca de Santiago —Sierra de Ramón, Potrero Grande, sector de Farellones, Cº San Lorenzo, Lo Valdés— que comenzaron a ser recorridas no solo como rutas de ascensión, sino también como posibles campos de nieve. En 1928, el entonces boletín bimensual Andina del DAV publicaba el primer relato de una excursión de esquí en la Cordillera Central y, poco después, la presión por expandir la práctica hizo que, en 1931, Günter Oeltze von Lobenthal dictara los primeros cursos de esquí, además de gestionar la primera importación masiva de esquís, botas, fijaciones y bastones. La bola de nieve ya había empezado a crecer. Se consolidaron clubes, refugios, competencias, infraestructura vial y una primera economía del equipo. También comenzó a formarse el imaginario de lugares que aún hoy definen el esquí chileno. Farellones, por ejemplo, se desarrolló rápidamente como villa de montaña durante esa década, contando incluso con apoyo estatal. Portillo, por su parte, pasó de ser un territorio asociado al ferrocarril y al cruce andino a convertirse en uno de los principales centros de esquí del país, frente a la Laguna del Inca.


Muy pronto vinieron los campeonatos, la promoción turística, los refugios del sur —Chillán, Llaima, Villarrica—, la Federación de Ski y Andinismo, la llegada de instructores extranjeros como el campeón francés Émile Allais, la modernización técnica y el mundial de esquí en 1966. Pero en el origen de todo eso hay una imagen más simple: unos pocos esquiadores subiendo a la cordillera con equipo rudimentario, sin andariveles, sin pronósticos detallados, sin caminos despejados y sin certezas. Lo que tenían era una mezcla de curiosidad, oficio montañero y deseo de habitar el invierno.
Cien años después, el esquí de montaña preserva parte de ese espíritu. A diferencia del esquí de pista, este obliga a entender el paisaje completo: planificación, orientación, pendiente, viento, acumulación, horario, exposición, estado físico, capacidad técnica y la dinámica del grupo. Subir con pieles antes de bajar cambia la relación con la nieve. La montaña deja de ser un escenario servido y vuelve a ser un territorio que exige atención.


Por eso, conmemorar estos 100 años no debería ser solo un gesto nostálgico. También es una oportunidad para preguntarnos cómo queremos seguir recorriendo los Andes. El crecimiento del esquí de montaña en Chile requiere formación, criterio y responsabilidad. No basta con esquiar bien: hay que saber planificar, reconocer riesgos, usar equipo de rescate, tomar decisiones colectivas y renunciar a tiempo cuando las condiciones lo exijan.
En esa línea, Chile Improbable, junto a la Escuela Nacional de Instructores de Esquí ENISSCHAG y la Escuela Los Volcanes, ha desarrollado un Programa de Esquí de Montaña orientado a quienes quieren progresar de manera seria, gradual y segura: clínicas fuera de pista, técnicas de travesía, rescate en avalanchas, planificación de salidas, campamento sobre nieve, primeros auxilios y herramientas para ganar autonomía en terreno invernal.
Los suscriptores de Andeshandbook disfrutan de un descuento especial para participar en este programa. Una buena manera de celebrar un siglo de historia no es solo recordar a quienes abrieron la primera huella, sino también aprender a abrir las propias con respeto, conciencia y amor por la cordillera.

